Un hombre cargado de espaldas, dientes con reflejos de marfil pulido y dispuestos como si fueran teselas irregulares confeccionadas por un artista inexperto, cuello hinchado de buey después de un largo camino con la yunta puesta, manos de enana de corte y voz huracanada nos ha encendido la tea para que en la noche del Monopoly ajado por la crisis encontremos un precioso piso en el que vivir. Se trata de E., un solucionador inmobiliario que se ha despojado de la engorrosa agenda para sólo llevar el casco de la moto. Nos espera en una cafetería próxima al edificio donde vive S., propietaria y habitante aún del inmueble, y su hijo. E. no tiene anillos ni objetos ostentosos que lo delaten como un caballero de fortuna. Sólo cuenta con un torrente de voz que no controla ni en su tono ni en su intensidad: “yo desayuno aquí todas las mañanas; la camarera quiere un piso, y ése y ésa y aquél. Yo se los busco, pero luego no tienen ni para la entrada. Siempre les digo que seguro que hay algo para ellos, pero…”. Sorbo de café, casco en ristre y al asalto del castillo.
En el castillo S. nos espera (¿me pregunto qué harán estas personas mientras que los supuestos compradores se dirigen hacia sus casas?). Su hijo empuña una espada plástica y corre envalentonado por la presencia de dos nuevos enemigos de su fortaleza (L. y servidor). Su madre recurre al consabido descriptivismo, a la vez que el bramido del rinoceronte E. intenta apostillar todo con pequeños comentarios que justifiquen su presencia allí y sus honorarios posteriores. Ella: “ésta es la cocina”. Él: “los azulejos son preciosos; los a hizo S. con su antigua pareja”. Ella: “aquí está la habitación de los invitados”. Él: “podéis poner un aire acondicionado aquí”. Un bramido de rinoceronte jugando a ponerle eco al canto de un ruiseñor. Así hasta terminar con todo el piso.
Subimos a la azotea. Vista tenebrosa de una antena de telefonía que proyecta su sombra sobre nuestras cabezas. El niño, que ahora corre resueltamente entre los cordeles de tender, ha perdido la vergüenza y nos intimida con una réplica exacta (de plástico) de Excalibur. No lo duda. Seguro que, desde que su madre puso el anuncio, ya habrá matado a unos cuentos infieles. La acometida del guerrero me jode el codo para el resto de la visita. Pequeña llamada de atención de S. y el niño nos mira con cara de aquí no me echa ni Dios bendito. El enemigo está dentro. Tal vez su madre no lo sepa.
El piso tiene una disposición desasosegante, más parecido a una pista de eslalon que a la planta de una vivienda. De la puerta a la habitación hay que cruzarlo todo. Con un travelling de una cámara montada sobre una vía pasaríamos por la cocina, el baño, el cuarto de los invitados para terminar en el dormitorio sin tirar un muro. Ideal para una película de Hitchcock.
Besos, besos y teatrito de “ya lo vemos tranquilos entre nosotros”. E. nos aprieta la mano y muestra la dentadura de Charlie Parker. Se va corriendo para firmar la venta de un ático muy mono de 52 m2 para una joven pareja (de microhumanos, pienso yo). Allí quedamos L. y yo, en mitad de la calle, mirando, como siempre, al cielo de los pobres.